Hagamos un pastel - Emociones, personas y organizaciones

ETR-toma-de-decisiones-neuroeconomia

¡ Hagamos un pastel… ¡ - me espetó sorpresivamente mi hijo el sábado a las 7 de la tarde.

¿Un pastel…? ¿a estas horas de la tarde? Venga, ¿por qué no? – Le respondí.

Hete aquí que nos vamos para la cocina y empezamos a buscar alguna receta interesante. Después de unos minutos elegimos una sugerente receta para un pastel de chocolate y frutas, con una fotografía que casi nos disuade, porque parecía imposible que algo tan bueno pudiera existir. El objetivo estaba fijado, y ahora solo necesitábamos recopilar los mejores ingredientes para poder hacerlo.

P: Empecemos por la fruta. Cariño, dame esas manzanas que están en la fuente.

H: Toma papá, las manzanas.

P: ¡Oh, Dios mío! Nunca pensé que una manzana pudiese acoger dentro algo parecido a aquello. Necesitaríamos un sociólogo para explicar lo que vivía ahí. Bueno, no importa, quizá podamos salvar algo de la piel, que dicen que tiene muchas vitaminas. Olvídalo y tráeme el azúcar.

H: Sin problemas papá, sólo necesitaremos un cincel mediano con punta de carburo ¡PORQUE ALGUIEN SE DEJO EL BOTE ABIERTO! y se ha humedecido toda.

P: Vale, vaaaaleee. No te preocupes. Si la Blendtec es capaz de triturar un bate de beisbol seguro que podrá con el azúcar. Dejemos el azúcar de momento, acércame la harina.

H: ¿La harina, la harina…?

P: Sí hombre, el bote grande que está a la derecha de los garbanzos.

H: ¿la harina es eso verde que se mueve dentro de un bote de cristal?

P: ¿Verde…? ¿que se mueve…? A ver… ¡aaahhh…! Apártate, no te acerques más a eso.

Ya se pueden imaginar en que acabó nuestra simpática aventura de fin de semana. Esta escena que a muchos de ustedes a buen seguro les resulta familiar, ocurre delante de nuestros ojos cada día. Pero no solo ocurre sino que, como bien dice el dicho de “con la comida no se juega”, acontece en un ámbito que no tiene nada de gracioso: en nuestras organizaciones.

Una organización, con sus objetivos, ventas y beneficios no es sino un jugoso pastel que pretendemos elaborar con cuidado para luego poder disfrutarlo.

Nuestra receta son los productos y las estrategias de producción, distribución, comunicación y comercialización. Pero, ¿qué hay de nuestros ingredientes? ¿Trabajamos y cuidamos siempre la calidad de nuestros ingredientes?

De unos años a esta parte contamos con infraestructuras y tecnologías muy avanzadas que nos permiten reducir costes y optimizar la producción. Disponemos, además, de modernas técnicas de management para gestionar, motivar y liderar equipos de trabajo. Pero, hoy por hoy, al final de esa cadena, todas nuestras organizaciones se apoyan y sustentan sobre personas. Son las personas las que constituyen el ingrediente principal de un buen pastel organizacional. Pero esto ya hace tiempo que lo sabíamos ¿o no…?

De forma retórica, en los últimos años se nos ha vendido una y mil veces la máxima

“Nuestra empresa es nuestra gente”

Retórica que no solo es de aplicación hacia nuestros empleados, sino también hacia nuestros clientes. No nos engañemos, la mayor parte de las veces, cuando quitamos el cartón piedra de la comunicación interna o del marketing de producto, y miramos a las personas, sean nuestros empleados o nuestros clientes, lo que vemos son cuentas de resultados; costes versus beneficios.

La metáfora más actual de este hecho pueden ser las redes sociales, donde el “verdadero” valor de una empresa, o persona consiste en el número de “amigos” que “te siguen”. El valor de una acción de Facebook o de Twitter se evalúa por los millones de usuarios que tienen cuenta en todo el mundo. No importan las personas, sino cómo puedo empaquetarlas y venderlas “al peso” para reducir costes, captar anunciantes, inversores, atención en los medios, o un largo etcétera de objetivos estratégicos. No importa la calidad de los vínculos, sino su número.

Seguimos sin comprender, más allá de lo retórico, que las personas son algo más que un frío número en un cuadro de mandos o una estadística.

Las personas somos emociones.

¿Emociones? Y ¿cómo puedo incorporar esa variable en un cuadro de mando?, dirán algunos. Eso es un intangible que ni siquiera comprendo, mucho menos controlo y que no voy a poder contabilizar ni rentabilizar de ninguna forma.

¿Seguro que no? Sirva un ejemplo: según los últimos estudios, durante un período de reestructuración empresarial, más del 40% del tiempo de trabajo de un empleado medio se pierde controlando las actitudes de sus compañeros, desplegando estrategias sociales de posicionamiento ante los jefes, o preparando el cambio de trabajo (actualización de currículum, exploración de ofertas, etc…). Es decir, en el momento más crítico y de mayor complejidad en una empresa, el rendimiento de su gente se reduce casi a la mitad, dedicando el resto del tiempo a una guerra de guerrillas de todos contra todos y sálvese quien pueda. Y esto solo en relación con las emociones profesionales. Si añadimos a esta ecuación las presiones emocionales que se producen en el entorno personal, ese porcentaje se eleva hasta un 60 o 70% del tiempo de trabajo. Según el Boston Consulting Group,

el 75% de los proyectos de restructuración empresarial fracasan.

¿Seguro que no podemos traducir las emociones a resultados?

No nos engañemos. Nuestro pastel depende de los ingredientes, y éstos no son sino las personas que forman nuestra organización y ellas, a su vez, son el resultado de sus emociones. Si queremos mejorar los resultados tendremos que enseñar y ayudar a las personas a gestionar, que no controlar, sus emociones. Tendremos que ayudarles a desarrollar la resiliencia y el equilibrio emocional. Pero deberemos hacerlo como un fin, no como un medio. Sólo así tendremos los mejores ingredientes para hacer, de ese delicioso pastel, algo de lo que todos disfrutemos.